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Ser mujer: bendición que bendice

Hay en mi unas ganas enormes de celebrar la bendición de haber nacido mujer. Desde mi mirada de mujer madura que recorre el último tramo de la década de los cincuenta me descubro explorando verdades que afloran desde mi experiencia y contradicen lo que he venido escuchando desde muy pequeña y recibiendo de modelos de mujeres que las películas, las canciones y un cierto tipo de literatura transmitían.

Mientras maduro ideas que me vienen para poder compartir aquí, se cuelan recuerdos míos y de las mujeres de mi familia. Vienen imágenes de cuando con 17 años renuncie a ser dama de honor en las fiestas del pueblo de mi padre. Recuerdo su mirada atónita y decepcionada cuando le dije que no quería ser una mujer objeto. Él, entonces, no entendía nada de esto, sólo sabía que su hija rechazaba algo que era importante para él a nivel familiar y a nivel social. Yo comenzaba a experimentar las consecuencias de sentirme rara cuando las opciones que tomaba eran diferentes a las que tomaban la mayoría. Hoy siento una ternura especial por esa adolescente atrevida que fui y por mi padre, que también alentaba en mi muchos de los aspectos que me caracterizan hoy, como el ser una buena escuchante, decidida, con la curiosidad despierta, con amor hacia el conocimiento, independiente y con un especial amor por la naturaleza.

Aparecen ante mi diálogos en los que mi abuela y mi madre me contaban que tuvieron que dejar de estudiar, a pesar de que eran ambas muy inteligentes y excelentes estudiantes. A la primera le hubiera gustado estudiar magisterio y a la segunda medicina. A ambas sus profesores/as las alentaban para que siguieran, llegando incluso a hablar con sus padres para que hicieran todo lo posible para que estudiasen. Ninguna pudo hacerlo por ser de familias que no podían dedicar sus recursos a estudios y porque, si lo hacían, como así ocurrió, lo invertían en el chico, que era el que iba a tener que mantener una familia. No hubo ni un sólo día en que yo no viera a mi abuela y a mi madre trabajando. Su camino vocacional frustrado sembró en mi un anhelo enorme de poder ser lo que vocacionalmente me apasionaba desde muy pequeña: psicoterapeuta.

La mirada de mi maestro Don Rafael diciéndome que yo podría llegar a ser lo que quisiera y los mensajes de aliento de mi maestro Don José en los trabajos que le presentaba, me han sostenido a lo largo de duros años de estudio y búsqueda de mi lugar en el mundo.

Así podría seguir tirando de los hilos con los que he sido entretejida, como persona si, pero hoy quiero destacar mi ser mujer. Adoro serlo, es una bendición recibida que se me confía para que muchas de las capacidades femeninas que me han sido otorgadas hagan posible bendiciones para los demás.

Es gratitud lo que siento y quiero expresar hacia tod@s los hombres y las mujeres que me han acompañado por el camino de mi vida y que han contribuido a que yo haya podido ser la mujer que soy hoy.

Desde mi madurez quiero continuar explorando en mí lo que significa verdaderamente ser mujer en todas las etapas de la vida, deshaciendo también en mi creencias falsas y limitantes. Estos días mis canas, con paciencia y amor me enseñan la belleza de ser una mujer sabia y madura. La belleza, si. El ser que me habita es bello y en mi toma forma de mujer.

Hoy, día 8 de marzo hago esta manifestación y cada día quiero continuar manifestándome, a base de estos actos microrevolucionarios, para continuar conociendo como es la verdad de ser mujer en mi y a la vez ayudar a abrir caminos inexplorados y construir modos nuevos de relacionarnos y tener presencia en medio de nuestras relaciones familiares, de pareja, de amistad y profesionales, para que el mundo sepa más y más a amor, a autenticidad, a humano.

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